
Música, Abstracción y el Retorno al Juego
Si el capital cultural se vuelve utilizable en lugar de encriptado, algo sutil comienza a cambiar: la participación deja de ser excepcional.
La música es un buen lugar para observar este cambio.
La investigación antropológica sugiere que la música es una actividad humana universal [1]. A través de las culturas, aparece no principalmente como un producto, sino como una práctica — incrustada en rituales, cohesión social, cuidado y significado compartido. En muchas sociedades, hacer música no está reservado para especialistas. Las personas cantan, tocan y se mueven juntas como parte de la vida cotidiana.
Históricamente, la música era menos sobre actuar para otros y más sobre participar con otros.
Con el tiempo, especialmente en contextos occidentales, la música siguió la misma trayectoria que muchas otras formas de capital cultural. Los instrumentos se volvieron más complejos, la teoría más formalizada, y la legitimidad más estrechamente ligada al entrenamiento y la corrección. Esta evolución trajo un refinamiento extraordinario — y al mismo tiempo también introdujo distancia.
La creación se convirtió cada vez más en algo hecho por expertos, mientras que muchos otros permanecieron cerca de la música solo como oyentes.
Eso no significa que la música se volvió pasiva. Incluso hoy, los conciertos, las pistas de baile y los espacios de escucha colectiva son profundamente participativos a su manera. Pero comparado con formas más directas y comunales — cantar juntos, improvisar, tocar como forma de juego compartido — la participación a menudo permanece mediada, estructurada o asimétrica.
Como con otras herramientas y tecnologías, las interfaces musicales se están volviendo más intuitivas. La abstracción sigue presente, pero ya no necesita ser confrontada de una sola vez. Puedes comenzar a través del juego — explorando, tocando, escuchando — y dejar que la estructura emerja después. Aquí, jugar no se opone a tocar: tocar es una forma de exploración, y explorar es una forma de pensar en movimiento.
Desde mi perspectiva, esto no se trata de hacer la música “más fácil.” Se trata de restaurar el permiso.
La escucha juega un papel crucial aquí. La investigación en cognición y neurociencia sugiere que la escucha atenta desarrolla formas de inteligencia que son encarnadas, relacionales y no verbales [2]. Entrena la sensibilidad, la presencia y la capacidad de sentir patrones y relaciones — en lugar de optimizarlos o controlarlos.
En ese sentido, la música no es solo una forma de arte. Es una manera de practicar cómo nos relacionamos — con nosotros mismos, con otros y con la complejidad.
Este retorno a la creación musical accesible no se trata de resultados, métricas o rendimiento. Se trata de restaurar la música como una práctica — algo que hacemos para pensar, sentir y conectar.
No nos estamos moviendo hacia atrás.
Un nuevo giro en la espiral.
La música puede estar regresando a donde comenzó, con nuevas dimensiones — porque hemos aprendido cómo colocar la complejidad detrás del juego. Al hacerlo, podemos estar redescubriendo algo esencial: la participación como una forma de inteligencia colectiva, y la música como uno de sus medios más antiguos.
Referencias
[1] Savage et al., The Natural History of Song
[2] Stanford University, Music moves brain to pay attention
[3] Alan P. Merriam, The Anthropology of Music